Una escena cotidiana durante las fiestas me recordó que el yoga no elimina el enfado, pero sí nos enseña algo mucho más valioso: la capacidad de hacer una pausa.
Salía de la oficina tras una jornada intensa cuando una escena me detuvo en seco. En plena efervescencia de las fiestas, un niño intentaba encajar una traca de petardos en la manilla de mi coche.
Todo ocurrió en cuestión de segundos, pero mi reacción fue inmediata y visceral. Sentí cómo la adrenalina recorría el cuerpo, cómo la mandíbula se tensaba y cómo la voz salía con más fuerza de la que me hubiese gustado.
Grité. Protesté. Señalé lo que estaba pasando.
Los padres del niño se acercaron y pronunciaron un “perdón” en un tono bajo y ligero, casi automático. La escena se disolvió con la misma rapidez con la que había empezado. El niño se fue, el petardo nunca explotó y el coche siguió intacto.
Pero algo dentro de mí seguía encendido.
Durante unos minutos me quedé atrapado en ese enfado que aparece cuando sentimos que alguien invade nuestro espacio o amenaza algo que consideramos nuestro. No era solo el coche: era el esfuerzo, el trabajo, las horas que hay detrás de todo lo que construimos en nuestra vida cotidiana.
Reaccioné. Me enfadé. Y durante unos instantes esa emoción tomó el control de la escena.
Pero algo cambió poco después.
La respiración empezó a calmarse y apareció algo pequeño pero muy poderoso: un espacio. Ese pequeño instante de claridad que la práctica del yoga va cultivando con el tiempo. No evitó que la ira apareciera, pero sí me permitió reconocerla y no quedarme atrapado en ella.
Subí al coche y me fui. Y con ese gesto tan simple también decidí no seguir alimentando la rueda del enfado.
Mi particular sadhana no evitó que naciera la ira en mí. Se podría pensar que la práctica del yoga convierte a las personas en seres imperturbables. Somos humanos, vivimos en el mundo y las emociones aparecen.
Pero lo que sí cultiva mi práctica es la capacidad de observar lo que está ocurriendo dentro de mí antes de reaccionar de forma automática, o poco después.
En yoga hablamos mucho de la respiración consciente, de la atención al cuerpo, de la presencia. A veces pensamos que esas herramientas solo sirven dentro de la esterilla, durante una clase tranquila y silenciosa.
Pero en realidad su verdadero valor aparece fuera de ella, en situaciones tan cotidianas como esta.
Entre el estímulo y la respuesta siempre existe un pequeño espacio. Un instante casi invisible donde podemos elegir. Nuestra libertad, nuestra paz y nuestra conciencia.
No siempre lo conseguimos. Yo mismo no lo logré del todo en ese momento. Pero sí pude observar cómo la intensidad de la emoción empezaba a bajar cuando dejé de alimentarla.
Y entonces apareció otra reflexión.
El coche es solo un coche. Y sí, claro que no quiero que lo destrocen. Pero es solo un coche.
Durante años acumulamos objetos, espacios y proyectos que terminamos identificando como parte de nosotros mismos. Cuando algo los amenaza sentimos que están atacando a nuestro cuerpo, a una extensión de nuestra propia existencia ¿Y es así?
El coche es metal y pintura. No es carne y hueso, no soy yo.
Hemos perdido la capacidad de reconocer que el verdadero valor es la serenidad con la que vivimos lo que ocurre a nuestro alrededor.
Aquella tarde recordé algo que a veces olvidamos: la práctica del yoga no consiste en evitar que la vida nos sacuda, sino en desarrollar la capacidad de no quedar atrapados en cada sacudida.
La práctica del yoga no elimina la ira.
Es una emoción y, como todas, viene a decirnos algo.
Pero sí puede enseñarnos algo mucho más valioso:
a no convertirnos en ella.
Roberto Regal

